Segunda etapa: la Selva Negra Turismo responsable / Turismo sostenible / Viajes Responsables

La segunda etapa de nuestro viaje sostenible nos llevó a uno de los bosques más legendarios de Europa: la Selva Negra. Su densidad forestal le ha dado el nombre, el misterio y la fama desde que puso límites al Imperio Romano. Gigantesca, se extiende de Norte a Sur a lo largo de 160 kilómetros y de Este a Oeste a lo largo 60. Su pico más alto es el Feldberg (1500 metros), y alberga preciosos lagos como el Titisee o el Mummelsee, que orillan bosques y pueblitos. De estos bosques procede el célebre reloj de cuco, que se encuentra por toda la región. Sus caminos, paisajes y aldeas parecen haber inspirado la literatura infantil popular, y es uno de los mayores paraísos ecoturísticos de Europa.

Nadie que vaya a Friburgo, la capital ecológica alemana, puede dejar de visitar aunque sea por unas horas el océano verde que la rodea. Una buena opción es hacerte con la SchwarzwaldCard, que te permite moverte por más de 150 servicios de la Selva Negra por 35 euros: museos, teleféricos, atracciones… O la tarjeta KONUS, que te permite usar gratuitamente los transportes locales de la región. Desde Friburgo puedes subir en teleférico o tren. La red ferroviaria es uno de los lujos alemanes. Su regularidad y precisión reducen el país a un plano de metro, donde las ciudades y pueblos más dispares parecen simples paradas de una misma línea. Un viaje sostenible empieza en el transporte. Y en Alemania, el transporte público y ecológico, funciona de maravilla.

En Friburgo la Estación de tren está junto al Puente de tranvías y la Estación de bicicletas, por lo que no pueden ponerlo más fácil. Desde allí nuestro tren se adentró en la Selva Negra hasta Gutach, donde tomamos un autobús a Vogtsbauernhof. Todo lo que diga de este sitio es poco. La restauración que allí han hecho de una auténtica aldea de los siglos XVI y XVII enamora. En realidad, Vogtsbauernhof es un espectacular museo rural. Por 8 euros tienes acceso al recinto, vallado de madera y rodeado de bosques y montañas. Es la forma de poner en valor el patrimonio rural y etnográfico: preservándolo. Respetándolo tal como fue. Las casas típicas de la Selva Negra, que a lo largo del viaje en tren veíamos a uno y otro lado de la vía, tienen en aquellas casas su inspiración: tejados de pizarra o paja que caen casi hasta el suelo, como faldones interminables que guarecen del invierno los hogares -de madera oscura, casi negra-. Un camino conduce a través de sus casas artesanas: el telar, la forja, el molino, la granja lechera… Y entre ellas, gansos, ovejas, caballos, vacas…

Dentro de estas grandes casonas conservan todos los elementos y dependencias intactas, de cuento: pequeños e íntimos cuartos rústicos cerrados por cancelitas de madera, no por puertas, y donde las camas parecen metidas en cajones de madera. A determinadas horas, los guías y actores ponen en marcha el mecanismo del pueblo y recrean la vida tal y como era hace siglos. Entre las recreaciones que vimos, la elaboración del pan artesanal y del delicioso Flammkuchen (masa fina horneada con speck), o el funcionamiento del molino… En éste, la guía pidió a unos niños del grupo de visitantes que bajasen una palanca. Al hacerlo, el agua empezó a oírse, primero débil, luego con fuerza. El imponente mecanismo del molino empezó a rodar, y al cabo de segundos, la harina cayó de la boca de una preciosa talla de madera. ¡Magia! Debían pensar los niños…

Pero la Selva Negra no hacía más que empezar… Para vivirla al máximo debes alojarte en alguno de los hoteles y casas rurales que se extieden por la región: allí puedes participar en agroturismos, cruzar el bosque en carruaje o trineo, pescar... Integrarte en el corazón de este pedazo de la Europa auténtica, romántica y popular. Sus hoteles rurales a menudo están regentados por familias de agricultores apasionadas de la naturaleza y muy hospitalarias. Ofrecen infinidad de actividades y cuentan con sus propios recursos: huertas ecológicas, elaboración artesanal de productos, como queso, leche…

Baden-Baden

Si desde la Selva Negra quieres recuperar el contacto con la sociedad y el ambiente cultural no tienes por qué renunciar al encanto. Hay una ciudad en la Selva Negra que es digna de su naturaleza. La elegante y palaciega Baden-Baden. Allí nos fuimos… Baden-Baden es célebre por su lujoso casino y por su refinado ambiente: majestuosos hoteles, jardines, coches de caballo…. Pero nada de ello tendría sentido sin su mayor recurso natural, el agua que le suministra esta región arbórea. A 2000 metros en la profundidad de la tierra nacen sus famosas aguas curativas, que llegan a superficie entre 50 y 68 grados, con todos los nutrientes de la Selva Negra. El emperador romano Caracalla se bañaba en ellas hace ya casi 2000 años. En las Termas que llevan su nombre, pudimos darnos un baño, tanto en el interior como al aire libre, bajo la lluvia, entre cascadas y torrentes de agua caliente, vapor y aromas florales… A la salida, despues de tonificar el cuerpo, una buena cerveza y una buena cena en cualquiera de sus terrazas y plazas elegantes, por donde se han paseado buena parte de los escritores, compositores y miembros de la alta sociedad europea de los siglos XIX y XX, completarán tu experiencia de viaje.

La Selva Negra en 5 sentidos

Del viaje nos llevamos el sonido del agua y la madera del viejo molino de 1609, volviendo a rodar como entonces, el penetrante olor de los embutidos regionales, el sabor del speck o del chocolate caliente, la vista de esos bosques espesos y los impresionantes tejados que parecen montañas semienterradas en los campos, todo ello en Vogtsbauernhof. Y el tacto, sin duda, de las aguas termales de Caracalla, en Baden-Baden.

Más info:

Listado de algunos agroturismos y hoteles rurales de la Selva Negra (algunos van con el traductor de Google, que siempre echa un cabo):

Kirnermarteshof

Schwanen Kälberbronn

Ospelehof

Wäldebauernhof

Seehotel Wiesler

Web de turismo del estado Baden-Wurtemberg

 


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