Bélgica rural: sentir Valonia Slow Life / Turismo responsable / Turismo sostenible / Viajes / Viajes Responsables

Es inevitable cruzar los campos de Bélgica sin evocar las guerras que durante siglos la convirtieron en el campo de batalla de Europa. Pero esto es ya forzoso si cruzamos su región meridional, la francófona, Valonia, donde la naturaleza ha caído como un velo inmune al tiempo y el olvido. La tranquilidad de hoy disimula el eco de los cañonazos de ayer, pero el paisaje es el mismo. Al sur de Bruselas está intacta la llanura de Waterloo donde Napoleón fue derrotado, y una vez se invade Valonia a través del Mosa, río de las batallas de Dinant o Verdún que décadas después los alemanes volvieron a cruzar para invadir Francia, se llega a Las Ardenas, escenario boscoso de una de las peores batallas de la Segunda Guerra Mundial. Por el camino, cruces y monumentos recuerdan a los hijos caídos generación tras generación en guerras que pasaron por aquí como epidemias. El paisaje alterna planicies verdes salpicadas de vacas o rebaños de ovejas con espesos bosques y, de vez en cuando, sorprende la torre de un campanario, de una abadía o de un castillo, como los de Lavaux Saint-Anne o Mirwart, la impresionante fortaleza medieval de Bouillón o la ciudadela de Namur. El colorido de las fachadas, la apuntada y ornamentada silueta de los campanarios, como agujas de pizarra, y la fisonomía en fin de la arquitectura local, revelan la identidad del Norte.

El paisaje es el mismo que vieron los romanos, inmutable ante los turistas como ante los caballeros cruzados, bárbaros y soldados que lo respiraron. Su calma desdice la violencia que acogió, como dijo un soldado y escritor valón: «¡Qué estúpido era hacerse matar durante un tiempo tan apacible! Los prados estaban ya casi a punto para la siega. Pero se escuchaban como martillos golpeando el yunque. Eran ametralladoras. Las ametralladoras que segaban con golpe de guadaña nuestra juventud». No se conoce un país sin ver su tierra, como no se conoce Bélgica sin ver Valonia, que más olvidada que Flandes, ha salvado su romanticismo medieval, paisajístico y cultural. La escapada rural a Valonia garantiza el recreo de la imaginación por su historia, y del placer, por los 5 sentidos:

VISTAS

Océanos verdes que compiten con el cielo. Cultivos de maíz y abetos navideños (plantados con lazo y todo). Grandes bosques… Abunda el ganado vacuno, con presencia de la frisona holandesa, de la blanca raza autóctona, la Blanc Bleu, y de los caballos Ardenés y Brabant o de tiro belga. Pueblos muy diseminados entre la campiña, con tejados de pizarra sobre los que despunta un afilado campanario.

OLORES

Además de las fragancias del campo, del aroma de la cerveza local y los licores de frutas (el riquísimo Eau de Villée, de limón), y del olor a bosque, humedad y frutales por la ventana de las casas o a leña y humo de su interior, uno de los olores más penetrantes de la zona es el de queso. En Havrenne está La Chevrerie du Bois des Mûres, una quesería artesanal de queso fresco con leche cruda de cabra. Es una explotación familiar, con unas 150 cabras alimentadas de forraje. A partir de leche cruda, en 3 días elaboran artesanalmente el queso fresco, aliñado con finas hierbas, chalotas o miel; en 15 días una variedad de Camembert, y en un mes, el Tomme, queso curado.

TACTO

El material del paisaje ardenés, limítrofe al Este con Alemania y Luxemburgo y al Sur con Francia, lo forman suaves pastos y densos bosques (el 80% de la masa forestal belga está en Valonia, y la mayoría de ella certificada por el PEFC), donde vive gran parte de la fauna salvaje: zorros, ciervos, jabalís, águilas… En el bosque perenne, con imponentes abetos Douglas de más de 60 metros de alto, de tan espeso apenas subsiste la luz; en el bosque caducifolio de hayas y robles, las hojas tamizan ambientes de verde claro. Son suelos ácidos y pedregosos, pobres para el cultivo, pero regados por abundantes lluvias y ríos.

                                                                                                                                                                                                                                                                                 La arquitectura rural se compone de ladrillo, piedra, madera y pizarra. Sorprende lo nuevo de las casas para lo antiguos que son los pueblos, reflejo del constante saneamiento de un urbanismo rural que sabe actualizarse sin atentar contra su identidad y paisaje. Los pueblos no inspiran bucolismo, sino actividad y habitabilidad, y son de obra reciente a partir del plano antiguo y materiales tradicionales.

SABORES

El movimiento Slow Food invade también el campo y los establecimientos rurales, como el Hotel du Savotier, en Awenne, pueblo artesano de zuecos, cuyo menú ensalza la calidad  de los productos locales con el refinamiento de la alta cocina. Entre su caza destaca el medallón de cierva, el pato o la perdiz estofada, con setas o frutas caramelizadas; la espuma de remolacha, el helado de pepino… O la gîte (casa rural) Ambroisie, en Ambly, la primera valona en obtener la Llave Verde por su gestión ecológica, donde desde la cervezas Bio a los zumos puros de pera o manzana, los embutidos o el mousse de chocolate se hacen con los ingredientes de sus prados y bosques.

     

SONIDOS

Por la tarde, el sonido del bosque lo llenan los pájaros, el crujir de ramas y los cascos y resuellos del formidable caballo de tiro belga, arrastrando los troncos cortados. Es un típico ritual de las Ardenas. El caballo, robusto y de gran fortaleza muscular, ha demostrado su resistencia en históricas guerras. La raza ardenesa data de los romanos y fue empleada para arrastre de artillería y transporte militar. Su tradicional uso forestal evita la entrada de tractores o vehículos pesados y protege el suelo. Por la noche, en uno de esos espesos y altísimos bosques de abetos con colosales troncos, los viajeros van a escuchar la berrea. El silencio es total, no se oye cantar ni a un grillo, y sólo en el cielo se ven brillar con claridad de estanque infinitas estrellas. A lo lejos, braman los reyes coronados del bosque.

                                                                                                                                                                         En Las Ardenas, la región belga más salvaje, hay numerosas ofertas lúdicas, muestra del compromiso rural por dinamizar su naturaleza: la pesca, la caza, el senderismo, viajes organizados, cursos, recogida de setas, espeleología, kayak, rafting… Valonia es hoy por ello el campo de vacaciones y retiro de las ciudades y naciones cercanas. Numerosas familias buscan en ella el refugio de la chimenea durante el invierno, el oxígeno y el sol en verano, y el reencuentro con su verdadera gastronomía y naturaleza.

Para más información, visitar la Oficina de turismo de Bélgica: Bruselas y Valonia.


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