Se dice que la industria agroalimentaria a nivel mundial es la causante del 11-15% de las emisiones totales de CO2 en la atmósfera. Una cifra que, añadidos los sobrecostes de la deforestación, el uso de fertilizantes químicos, los envasados, la refrigeración o el transporte, se puede disparar hasta el 44-57%. Bajo este planteamiento, es fácil deducir que el modelo agroindustrial que se ha desarrollado en el planeta en las últimas décadas es el causante directo de esta situación. El acceso generalizado en países del ‘primer mundo’ de productos fuera de temporada o de variedades y alimentos exóticos o tropicales ha conllevado que sólo el transporte sea la razón del 40% de la energía final consumida en todo el proceso de producción de alimentos hasta llegar a un plato. Esto es debido a que cada vez los alimentos recorren una distancia mayor y, evidentemente, al acceso generalizado al petróleo como energía barata y la democratización de su uso. Este modelo intensifica la crisis climática, alimentaria y ecológica, con externalidades sociales y ambientales que están haciendo mucho daño en países del Sur principalmente.
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