Última etapa: el valle del Mosela Turismo responsable / Turismo sostenible / Viajes Responsables

Uno de los placeres alemanes es viajar en tren. Tanto los más clásicos como los más modernos hacen gala de la larga tradición ferroviaria del país. Las estaciones conservan el encanto de las de antes. Los jefes y factores de estación lucen a pie de andén sus clásicos capotes azules con gorra roja; y los grandes relojes de aguja o carteles de parada cuelgan sobre los viajeros. Por dentro, los trenes son amplios y confortables. Los trayectos, cómodos y puntuales. Solo hay que dejarse llevar, deslizándose por el verde paisaje alemán, para disfrutar de las postales que se suceden enmarcadas por la ventanilla.

Así lo hice en el tren desde Friburgo, dejando atrás la Selva Negra, el eco-barrio de Vauban, la aldea de Voghtsbauernhof, la elegante Baden-Baden… Saliendo del estado de Baden-Württemberg para entrar en el de Renania-Palatinado. El tren fue bordeando el Rin, surcado por barcos que me recordaban el cuento de Chejov “El carbón ruso”, y tras hacer trasbordos en Mannheim y Coblenza, llegamos al destino, la región vitivinícola del Mosela. La carta de presentación de Cochem es su estación de tren: parece una casa de chocolate, por su moldeado tejado de pizarra y su fachada veteada de madera. Al detenerse, el tren queda emparedado entre el andén y la falda de un monte que asciende bruscamente, poniendo fin a la civilización. Así, sin más, en cuanto bajas del tren ya te sientes abrazado por las verdes laderas del valle del Mosela. Es esa marginalidad del progreso provinciano (antigua estación ferroviaria), ante el imperio de la naturaleza que lo rodea, lo que hace de la llegada en tren una emoción atemporal, sucesora de tantos viajeros que en otras épocas descendieron envueltos por el mismo verdor.

             Por dentro, la vieja estación guarda también el aire de provincias del s. XX o XIX. Al cruzar la puerta y entrar en el pueblo, ese aire se acentúa: un clásico buzón de correos, el suelo empedrado de una calle surcada por el traqueteo de bicicletas y coches, edificios bajos de no más de cuatro plantas, que se miran unos a otros con pintoresca simetría: palaciegos tejados de pizarra y paredes entramadas de madera. Sobre ellos sobresalen siempre las laderas del angosto valle en que se hunde Cochem. En la otra orilla del Mosela, cuya corriente divide el pueblo, asciende ya la otra falda del valle, fruncida de viñedos.

Paseando por Cochem descubres pintados en las paredes de las casitas medievales rótulos góticos de las Weinguts (bodegas) y Gasthaus (pensiones) tradicionales. En el casco, las calles se apretujan con tiendas pintorescas de vinos o pasteles… Arriba, entre las cornisas, asoma el espectacular campanario de San Martín. Y si cruzas el puente del Mosela ves elevarse ante ti el fascinante castillo de Cochem, Reichsburg, coronando la cima de una colina que custodia el río y el pueblo. Es un verdadero castillo de cuento, del romanticismo popular europeo, de torres apuntadas e imposibles. ¿Puede faltar algo? Un pueblo medieval junto a un río, sobre el río una colina, sobre la colina un castillo, y alrededor, naturaleza a espuertas.

El camino de Cochem a Beilstein

Y en mitad del camino, bajo los altos troncos del bosque, aparece una cierva. Está cruzando, pero al oírme para en seco, levanta la cabeza, me mira, y estremeciéndose desaparece como un rayo en la maleza. Fue una de esas apariciones que llenan de magia el bosque, de vida salvaje e instinto. Sentir a un gran animal cruzar la mirada contigo y en el intercambio, una chispa. Los versos de Rilke caían sentados: Oh cierva, qué bello interior de antiguos  bosques abunda en tus ojos; cuánta confianza ronda mezclada a cuánto temor…

El camino de Cochem a Beilstein es una de las bonitas etapas de la Ruta del Mosela, inaugurada en 2014. La comarca vitivinícola más antigua de Alemania, paisaje de alimento espiritual a la sombra de viñedos y castillos medievales, donde los romanos cultivaban vino hace 2000 años. Más de 350 km de senderos desde Perl, en la frontera francoalemana, pasando por Tréveris, la ciudad más antigua de Alemania o Bernkastel-Kues, hasta Coblenza, donde el Mosela se une al Rin. La ruta puede hacerse en preciosos cruceros por el río, parando en pueblos con historia, en bicicleta o a pie. Mi etapa partió de un empinado caminito entre las casas altas de Cochem, en la ladera Este del valle. A medida que subes, la panorámica gana altura y las texturas se suavizan: viñedos, bosques, rocas, el castillo… En la montaña los olores se intensifican y el camino se adentra en un gran bosque.

             El camino se asoma por momentos al acantilado, donde gana vistas a los famosos y sinuosos meandros del Mosela, a sus orillas y laderas cubiertas de viñedos salpicadas de pueblecitos sobre los que descuella algún viejo castillo… A veces el camino sale del bosque y cruza campos cultivados, a menudo por floridas extensiones de colza (alimento del Biodiesel), tan abundantes en Alemania. Numerosos cruces de camino con toscas señales de madera de múltiples direcciones, recuerdan que por estos caminos viajaban las gentes del lugar hace siglos. Y así te sientes, viajero por los caminos. Haciendo tuyo cada estímulo del paisaje, cada átomo de vida, cada pueblo que descubres. Las casas, que deslumbran por su buen gusto y estado de conservación, parecen cuadros. Pero de nuevo el camino vuelve a la sombra del bosque.

La etapa, de 14 kilómetros, es de dificultad media. El crucero en barco de Cochem a Beilstein vale 12 euros (16 euros ida/vuelta). El alquiler de la bicicleta, unos 9 euros. Al cabo de unas horas mi camino de montaña desemboca en el bonito pueblo de Brutting-Fankel, a orillas del río. Las Gasthaus invitan a pasar la noche junto al rumor del Mosela, y los Weinguts, a meter el olfato en las bodegas del Riesling. Me siento en una terraza junto al río y bebo un Kerner, refrescante vino dulce y blanco que sabe a gloria. Ya quedan pocos kilómetros para llegar a la joya del viaje: Beilstein. También custodiado por una colina con castillo a orillas del río, conserva su belleza medieval y gótica en cada ventana, cada pizarra y cada chimenea, en cada puerta y viga de madera. En las plazas, callejuelas y arcos, en las enredaderas y farolas. Todo hace de ese lugar una maqueta más en el diorama que forma la Alemania tradicional y natural de mi viaje.

No pudo haber mejor final para mi viaje sostenible a Alemania. Tras el camino de montaña entre bosques y castillos de cuento, me llevo el dulce sabor del Mosela y la inolvidable visión de Beilstein.

Más info: Turismo de Cochem (en español)


1984. Colaborador de la Fundación Ecoagroturismo. Licenciado en Periodismo y Humanidades, premio nacional Fundación Biodiversidad en Comunicación. Convencido de que la red de transportes y telecomunicaciones reemplaza a la superficie del mundo, eclipsándola, cree que el turismo ha degenerado en un circuito cerrado y contemplativo. Quiere sensibilizar de un cambio de perspectiva, desde la que el mundo vuelva a concebirse por la totalidad de su superficie y la riqueza natural que la puebla, devolviendo al hombre a una escala que lo integre en ella y despierte su pasión por los caminos, más que por coleccionar destinos.

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